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San Diego Journal :: Artículo de Revista

 

La segunda visita del viaje de nuestra redactora a una Comunidad Judía en Guatemala por elección propia.

Viajes Por Judith Fein 

 

Tiene el pelo negro y ojos alertas. Habla de una manera articulada, apasionada e inteligente.  Es guatemalteco, su nombre es Benito Arreaga y dirige una de las más inusuales congregaciones israelitas con las que me he encontrado.

“Crecí con educación cristiana y católica”, me dijo Benito en un almuerzo una tarde en la Ciudad de Guatemala. “Pero hace 16 años me di cuenta que tenía que regresar a la Torah.”

“¿Y cómo llegó a esa conclusión?”, le pregunté.

“En 1990 tuve una experiencia mística con Dios”, me respondió. “Mientras dormía, Dios me llevó en espíritu a la iglesia en dónde me congregaba y Yeshua empezó a hacerme preguntas acerca del cristianismo. Yo no pude responderlas. Él me dijo que tenía que dejar la iglesia y que Él me mostraría a dónde debería de ir.”

“¿Entonces fue un tipo de experiencia “lech lecha”?”, le pregunté, refiriéndome al llamado de Dios a Abraham para que dejara todo lo que conocía.

“Sí”, me dijo Benito. “Fue justo así. Yo confié en Dios y Él me mostró a donde tenía que ir. Víctor Reyes estaba conmigo. Empezamos estudiando tanach y Torah y haciendo las parasha – una cada sábado. Después de cinco años de estudio, estábamos realmente en un conflicto. No sabíamos quienes éramos. No éramos judíos ni tampoco cristianos. Mis tíos son pastores en una iglesia cristiana y el otro lado de mi familia es católica. Tuvimos muchos problemas. Llegó el punto en que no le hablaba a nadie. Pero cuando Hashem te llama, tu vas.”

Me acerqué para no dejar escapar una palabra que Benito decía. Fue un honor el que me confiara su historia.

“Ya en este momento éramos un grupo,” continuó Benito, “pero estábamos fragmentados. Algunos creían que nos estábamos volviendo muy judíos. Ya en 1995 estábamos guardando los mandamientos y las fiestas. Estudiábamos Torah todo el tiempo. Mandé a mis hijas al colegio judío. Sabíamos que éramos israelitas que habíamos perdido nuestra identidad con el tiempo, pero nuestras almas guardaban las enseñanzas.”

“Celebramos Yom Terua, la Fiesta de las Trompetas, que es el mismo festival como Rosh Hashana y cae el primer día del mes de tishrei. Observamos también Yom Kippur, Succoth, Shavuot, Pesach, Purim y Hanukah.”

“La gente me dice que son Evangélicos, pero eso no es muy preciso,” le comenté.

“Correcto,” me dijo Benito. “No somos Evangélicos ni tampoco Judíos. Somos Israelitas. Somos una mezcla de las tribus del norte de Israel y judío. El nombre de nuestra sinagoga es Shvet Ephraim.”

Mi cabeza daba vueltas. Pensé en los Samaritanos que encontré en el norte de Israel, en los Judíos Lemba en Sudáfrica. Todos ellos dicen ser descendientes de las tribus antiguas. Esto me causaba interés. Quería experimentar lo que Benito y su congregación hacían.

“¿Utilizan algún tipo de bendición especial?, le pregunté.

“Sí,” me respondió. “Bendecimos a los niños en Shabbat. A los niños y a las niñas por separado. En la sinagoga utilizamos la Bendición Aaronica para bendecir a toda la congregación.”

“¿Podría mostrarme como?,” le pregunté.

De nuevo, Benito asintió. Estaría feliz en mostrarme, pero primero tenía que ponerse un talit. Llamó entonces a un niño que estaba en el almuerzo.

Alargo sus brazos y empezó “Yivarechecha...” Fue un momento conmovedor.

“¿Su familia al fin aceptó su elección?” le pregunté.

Benito asintió. “Mi madre asiste a la sinagoga y también mi hermana y mi padre. Mis otros dos hermanos todavía están contra mi. Mi madre, mi hermana y yo (y mi esposa) nos mantenemos kosher. No hay una carnicería kosher aquí, pero cuando podemos conseguir la pata delantera le quitamos el nervio, de a cuerdo con lo que nos dice la Torah.”

“¿Tienen mikvah?”

“Sí. Para tanto hombres como para mujeres. Los hombres utilizan la mikvah antes de Pesach, Yom Kippur, Yom Teruah, Shavuout... y en momentos cuando lo necesitan, por ejemplo en caso de muerte o tribulación o cuando se han convertido o circuncidado. Todos los hombres en nuestra congregación han hecho la brit milah.”

“Es increíble que haya logrado todo esto solo,” le dije. “¿Cuantos miembros tiene su congregación?”

“Trescientos, pero ahora estamos divididos en dos congregaciones. No es que estemos separados, es por cuestión de espacio. También existen 200 de nosotros en El Salvador.”

“¿Quién es el rabino líder?”, pregunté.

“Yo soy”, dijo benito. “De hecho, tenemos un servicio esta tarde a las 4:30 por Yom Teruah. ¿Por qué no viene?”

Dejé a un lado los otros planes que tenía y fui a la sinagoga de Benito con gran curiosidad, pero sin ninguna expectativa. La sinagoga esta localizada en los suburbios y se lleva a cabo en un local grande con puertas de vidrio corredizas que se abren a un jardín. Los niños estaban corriendo y jugando en un área separada.

Al entrar, vi a Benito parado en el púlpito dándole la espalda a la congregación. Hablaba en español, dirigiéndose a Dios, llorando, implorando, rogándole a Dios que mostrara su gracia y misericordia a Su pueblo.

Era una congregación grande, los hombres de un lado y las mujeres de otro. Las personas estaban clamando a Dios mientras oraban. Estaban claramente conmovidos, en oración profunda, comunicándose con Hashem. Las mujeres llevaban sombreros y los hombres llevaban taletot y se movían de adelante hacia atrás mientras recibían la liturgia del día. Era apasionado, directo y enérgico.

Estaba de pie, cautivada. Me sentía como si estuviera en una tienda de campaña en el desierto, hace miles de años. No podía quitar la mirada de las personas, llorando, gimiendo, clamando a Dios.

Se escucharon una serie de sonidos agudos. Un hombre sostenía un shofar largo y en espiral, y lo tocaba perfectamente. Una canción hebrea se escuchaba por las bocinas.

¿Qué estaba pasando en Guatemala? ¿Qué hacía que estas personas, habiendo sido criadas católicas, se volvieran al Israel antiguo desechando todo con lo que habían crecido y conocido antes?

El mundo no tiene conocimiento del excitante y floreciente movimiento hebreo en Guatemala. Era únicamente mi primer día en el país, pero ya sabía que regresaría otra ves, llevada por mi corazón para aprender más acerca de mis hermanos latinos y su búsqueda de Dios, la verdad y la Torah.